Una bolsa de palabras

¿Cómo se lo puedo contar? Deme un minuto, téngame paciencia por favor, ¿sabe? Hace un tiempo de perros por mis días, apenas los últimos quince o veinte, antes hubiera encontrado con mayor rapidez un poco de palabras para contárselo, ahora no.

Las palabras son muy buenas en sí mismas, el problema se plantea cuando, al momento de combinarlas, usted no logra sacar de esa bolsa babelina ni una sola que le traiga una brisa fresca, una caricia de verano en el mar, al menos una cerveza fría en medio de una caminata por el centro de Buenos Aires en enero.

Justamente, estoy ahora con esa bolsa en la mano, vea, está ya un poco sucia, algo de roce digamos, de tanto y tanto darla vueltas, hacerla girar hasta que la boca se arrolla en una sola y gruesa fibra de algodón tan fuerte que hasta podría ahorcarme con algo así.

No, no me voy a ahorcar, es sólo un ejemplo que pretende ser de humor negro; paciencia le pedí al principio de este monólogo del cual usted es parte porque no le ha quedado otro remedio. A quién se le ocurre entrar en mi casa cuando estoy en estado de cortocircuito permanente, mire que hay que ser arriesgado.

Le propongo algo, ya que no puede usted hablar en este escrito, dado que he decidido que es un monólogo, le presto la bolsa y juegue un rato, sacuda, mezcle introduciendo su mano sin mirar, sin trampas por favor que el día no las soporta.

Por el tamaño de sus ojos y esa boca abierta como quien la cuelga de un clavo en la pared, ha encontrado algo interesante en la bolsa ¡justo usted que en esta página no puede hablar! No le parece hacer una excepción y pasarme esa palabra al oído, nadie nos ve en este momento, el vecino curioso que asomaba con cara de agente secreto de comedia, se aburrió de mirar a dos tarados haciéndose señas dentro de un cuarto, acérquese y diga, si quiera una letra por vez, un susurro será imposible de percibir por nadie, este es un viejo y fuerte edificio de gruesas paredes, ¿cómo le puede explicar? Necesito esa palabra para lograr un impulso que movilice toda esta historia que quiero contarle, descuelgue la boca del clavo, míreme como lo haría Connery antes de golpear en la nariz a ese mal sujeto y páseme esa palabra por favor, de lo contrario, su visita nunca tendrá sentido, se irá de aquí como vino, vacío de historias, ausente de palabras, un borracho de té de tilo. ¡Hombre! ¿Puede dejar de engrosar mi depresión? Deme la palabra, como un código, un pase que me permita ir donde las otras palabras moran y construyen discursos, poemas, cuentos, novelas, diálogos, relaciones al fin, sí, relaciones, como haríamos usted y yo si tuviéramos esa primera palabra que oprima el botón mágico de todo el abecedario combinado, que arme el rompecabezas de un solo grito y usted se entere de la verdad. Es que hace un tiempo de perros estos días y me gustaría que lo sepa de mi propia boca, de mi autoría sensiblera y cursi que amasan a la perfección estos tiempos corriendo por las alcantarillas sucias de mi basural de hielo.

Deje de mirar así, con ojos de bulldog. Usted se lo pierde, nunca sabrá mi secreto horrible, oscuro, picado de viruela en todas partes, si tuviera esa palabra sería tan fácil decirle de esta gota de limón sobre mi herida, de este futuro nublado, de esta caja de silencio que me encierra.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s