Margarita Belén

Hace mucho tiempo dejé de leer sobre los años setenta, así como dejé de ver películas y documentales referidos a esos tiempos, mezcla de sueños de libertad con cárceles oscuras.

Creo que el último libro que leí fue “Recuerdo de la Muerte” de Miguel Bonasso.

Fueron aquellos dos o tres días en los que, en la soledad de un departamento, llegué a sentir temor por mí, pensando en qué momento harían su ingreso mis secuestradores.

Sentí el frío de la cárcel clandestina y el hierro de la tortura muy cerca. Entonces decidí cerrar la puerta y apuntar hacia adelante.

No sabía que la puerta sólo se entornaba hasta el próximo encuentro. Eso fue a fines de los ochenta o principio de los noventa.

Hoy, 5 de octubre de 2019, desperté en mi cuarto día de gripe en cama.

Acostumbro a dormir con la radio encendida a partir de la voz de Dolina en la medianoche. A la madrugada había cambiado de AM a FM.

En mi despertar denso de malestares gripales, la voz de María O Donell dijo la palabra BELÉN. Se refería a una persona, pero mi cerebro trajo a la cama Margarita Belén, masacre, años setenta.

Cuando logré despegar de las sábanas y levantar por fin mi cuerpo luego de tanto reposo, encendí la notebook acompañado de unos mates y escribí en el buscador Margarita Belén.

Allí estaba la masacre, el juicio a las juntas militares, los caídos, el monumento levantado sobre la ruta, los años setenta. Todo como si Bonasso se riera de mí, tomando venganza por haberlo dejado aquella vez.

Los argentinos estamos viviendo días cercanos a elecciones para Presidente. Se escuchan muchas palabras que jamás serán reflejadas en hechos, que probablemente varios de nosotros no recordemos en adelante, aunque hay una que duele hasta el hueso: HAMBRE

El hambre se propaga por los hogares argentinos como un virus lacerante que no permite pensar, reírse o enojarse, se pierden los sentidos en la desesperación. Hay muchos argentinos con hambre y en esa situación no hay espacio para cuestiones como libertad, justicia, igualdad de derecho, la república y otras que, lamentablemente, quedan reducidas a conversaciones burguesas de mesa de café,

Escribo esto mirando la calle por mi ventana. Ese muchacho que busca la vida en la basura ¿sabrá algo acerca de Margarita Belén? ¿Yo sé realmente algo sobre Margarita Belén? ¿Sé algo del hambre que duerme en las veredas y revuelve los tachos de basura de última generación? Seguramente  poco; lejos, muy lejos de llegar al hueso.

Sin embargo, mi descansada vida burguesa fue sorprendida por un pequeño llamado de atención y despertó en Margarita Belén para ver en vivo y en directo el hambre que, si bien no siento, me ataca, nos ataca a todos como un flagelo que no permite pensar en nada. Todos los valores están ausentes en el plato vacío de la realidad. Hemos reducido nuestros proyectos de país a calmar el hambre.

La Argentina del trigo y la carne, de Alberdi y Sarmiento, de San Martín y Belgrano, la que recibía al mundo para alimentarse dignamente, crecer, educar, progresar juntos, el granero del mundo…tiene hambre y no puede pensar adónde quiere ir.

En unos días, es posible que me encuentre leyendo estas palabras junto a mis amigos, protegidos e impotentes para virar el timón y cambiar el rumbo de un manotazo, filosofando sobre la vida y la muerte desde un lugar en donde unimos nuestras diferencias. ¿Qué podemos hacer?

Me quedo mirando la senda peatonal mientras pienso. Tal vez nuestra misión como grupo de hombres libres, sanos, de buenas costumbres, pase por conservar la memoria, sin perjuicio de acciones personales que cada uno sabrá llevar.

Escribo MEMORIA en el buscador. Entre otras cosas leo: “La memoria humana es una función del cerebro que permite al ser humano, adquirir, almacenar y recuperar información sobre distintos tipos de conocimientos, habilidades y experiencias pasadas” o “…es una facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”. Leo también que es una función básica e imprescindible en la vida, debido a que está presente en todas las actividades que se realizan a diario”.

Podemos iniciar un debate sobre la memoria, para el que no estoy preparado ni lo propongo. Mi duda, mi cuestionamiento frente a todo lo antedicho es cómo se relaciona la memoria con la conciencia, considerando a ésta como el conocimiento interior de nuestro ser, que nos indica el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. Como una consejera que nos indica el camino del bien y además, un juez que se pronuncia sobre lo que hemos hecho.

Pasa un chico arrastrando un carrito cargado de cartón y vidrio.

Le digo mentalmente que yo no estaba en Margarita Belén. Su cara sucia me contesta: ¿seguro que no estabas?

Nunca tendremos esta conversación, al menos el chico. Él tiene urgencias que yo no tengo. Yo pienso en el pasado y en el futuro con el martillo de la memoria pegando sobre la conciencia. Él sólo tiene hambre. Ahora tiene hambre. En presente.

Yo no estaba en Margarita Belén. Tampoco me reuní con el Fondo Monetario Internacional. Nunca dispuse de la llave de la puerta de la igualdad. ¿Estás plenamente seguro? Pregunta la última imagen de la rueda del carrito cartonero. El chico ya se fue de mi ventana. Tiene otras urgencias.

Me pregunto qué diría la sentencia de un juicio personal, muy mío, que resuelva sobre el estado producido en mí mismo por mi conducta. Un juicio lento y sincero que desapruebe aquello reñido con el recto proceder y lo transforme en un permanente golpeteo sobre mi moral.

Yo no estaba en Margarita Belén. No estaba en la fábrica que cerró hace tres generaciones y dejó al abuelo de ese chico del carrito cartonero sin trabajo, no estaba en Malvinas, no estaba en el bombardeo a Plaza de Mayo en el 55, no estaba en la Escuela de Mecánica de la Armada.

Cualquier juez me absolvería rápidamente porque no tuve el conocimiento ni el dominio de los hechos. Además, llegado el caso mi coartada es infalible: yo no estaba.

Inocente y a otro tema.

¿Y el chico del carrito cartonero? No inició ningún juicio y prescribió la acción. Ya es tarde para reclamos. Tiene comedores, merenderos y dormideros adónde ir.

Yo estoy acá; protegido y abrigado sin tiempo ni espacio.

Tres paredes más allá, el chico del carrito cartonero no sabe nada sobre definiciones de la memoria y de la conciencia. En esta misma cuadra de Buenos Aires, uno adentro y otro afuera, estamos contrariando a Hermes.  ¿Qué dice el juez entonces?

El fiscal don Julio César Strassera, a quien me atrevo en este momento a parafrasear, tal vez hubiera dicho algo así como:

Quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino, aunque nos cuesta asumirla y aplicarla en todos los órdenes de la vida: Señora Memoria, Señora Conciencia, Señor Remordimiento, Señor Juez, NUNCA MÁS.

 

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