Un sueño en el Tortoni

El hombre tenía la mirada muy extraña y movía las manos en cierta complicidad con el espacio. Apenas reía luego de expresar una genialidad tras otra.

Disfrutaba del medio en que habitaba de una manera incomprensible para mí, hablando bajo  a la mujer que lo acompañaba y anotaba todo el tiempo no se sabía bien que cosa.

El hombre estaba sentado en una mesa ubicada en un rincón del fondo del viejo bar al que este hombre que soy yo  mismo,  había entrado deseoso de un ambiente de inspiración y de paz, pretendiendo retomar la última frase de un escrito de hacía tres días para completar un capítulo más de su sueño de escritor.

La mesa era pequeña y redonda, algo incómoda para bajar a ella los papeles,  la notebook y dejar un espacio para el café y el tostado mixto.

Lo más llamativo del hombre, que no cesaba de hablar bajo y mirar la nada del todo circundante, era su expresión sin tiempo, sin límites de espacios físicos o de estilos arquitectónicos, sin luz ni sombra, sin contornos que encerraran los contenidos de las cosas.

Fue así, sin modificar en nada el ritmo de su expresión, como si toda la vida  hubiera estado sentado en la mesa vecina, que me dirigió la palabra, como una caricia sobradora, como un rayo de sabiduría en cámara lenta.

  • El joven es escritor parece. ¿Me equivoco o lo asusto con mi presencia fantasmagórica? ¡Señor! ¡El de la mesa de al lado! ¿Me escucha Usted?
  • Perdón…me habla a mi Señor?
  • Sí hombre! Al escritor le hablo. ¿En qué trabaja?
  • Ah, vea, no sé si llamarle trabajo. Diría que es un intento.
  • ¿Intento de qué?
  • Intento de trabajo, de escrito. Sueño con escribir libros y vivir de eso, pero me cuesta mucho sabe, la inspiración llega por gotas. Por eso buscaba un lugar que me contuviera y me pasara un poco de letra con su historia.
  • Le parece un sábado a la tarde andar por acá en esas búsquedas. ¿Trajo la venda?
  • ¿Qué venda? Disculpe pero no entiendo la pregunta.
  • La venda joven, la de los ojos. Como cuando quiere dormir en el avión, comprende.
  • Comprendo, pero no llego a comprender para qué habría de traer una venda a este lugar y mucho menos para escribir.
  • No llega a comprender porque no tiene la venda.
  • Oiga caballero, vengo luchando con mis limitaciones cada día desde hace años. Pretendo escribir un libro. Hoy quiero escribir aunque más no sea una página, eso me trae a lugares como este. Yo no sé cuál es el problema, le pido por favor que no me perjudique, que no juegue conmigo. Usted es un hombre mayor que tal vez se pasó con algo de vino en el almuerzo. ¿Me puede mirar cuando le hablo?
  • Lo estoy mirando, créame que lo estoy mirando. Usted ahora está pasando su mano por el cabello tratando de entender qué cosa pretende este viejo loco que le impide volcar alguna idea en el papel con esa máquina portátil tan silenciosa que ha traído…

Bioy tenía una similar pero más ruidosa, una Underwround que abandonó rápidamente por su pluma Mont Blanc que se llevaba mejor con su escritura pausada de oligarca bien vestido.

Digo la venda porque ayuda a mirar lo importante, o sea usted mismo. El mundo y su movimiento cotidiano ayuda bastante para escribir, el inconveniente radica en que nos atrapa de tal manera que nos limita a ser meros cronistas de lo que pasa; para escribir y llegar a los lectores hay que tamizar la realidad con los mensajes interiores. Estos mensajes son interferidos por el movimiento de las cosas y de los seres que habitan esta tierra. El gato que nos mira fijo y verde nos paraliza un instante con su mirada y nos distrae justo en el medio de un diptongo, es decir la inspiración que estamos buscando en la hiedra que cubre la pared de esa casa con aspecto de tango y serenata se va por los ojos del gato, que a su vez, se asusta por nuestra presencia y huye llevándonos en su carrera y adiós a la hiedra, ¿soy claro? Por eso lo de la venda, parece que no, pero es importante. Yo descubrí esto cuando un ser superior en el que no creo, me puso la venda. Entonces fui dejando el barrio, el malevo, las historias simples de toda mi vida y encontrando otras cosas que, sin duda basadas en aquellas, me permitieron crecer y soltar el interior para contarlo.

  • Eso suena bien. Parece que conoce el oficio de escribir. Perdón, buenas tardes señora…
  • Buenas tardes.
  • María, se llama María. Como no puedo abandonar la venda, ella se ocupa de atender con sus ojos lo que pasa en este mundo trivial y con sus manos anota lo que pasa en mi mundo interior, espiritual, genial, placentero al ciento por ciento sin la visión amarga de la realidad que nos agobia, sin semáforos, sin protestas, sin la imbecilidad del fútbol entre otras cosas. Tenga en cuenta lo de la venda joven, es un ejercicio interesante. Cuando la coloque sobre sus ojos, pruebe de caminar solo, ayudado por el resto de sus sentidos, no deje de disfrutar de los aromas de la comida ni de las fragancias de la primavera; no se prive de escuchar la voz de los que hablan bajo y sobre todo de escuchar su propia voz, la que se ahoga cada día en su interior, agobiada por los más y los menos de una sociedad interesada en otras cosas, de eso se va a alimentar su literatura por sobre todo. Una última recomendación – disculpe mis excesos- camine lento y con pasos cortos, como hacen los quechuas para dominar la montaña. Lo dejo, es la hora de mi siesta. Un gusto.

Se fue caminado lentamente del brazo de la mujer, pasando por entre las mesas como quien conoce de memoria el lugar. Se fue dejando todas las preguntas pendientes para  un servidor, que no sabía si estaba despierto o dormido, que no podía creer que mientras se olvidó del café sobre la mesita y claudicó a la propuesta de su sillón mullido, llegó al Tortoni montado en la estela de un sueño, para conocer la sabiduría de Borges en una clase magistral que nunca hubiera visto sin la venda.

 

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