Juan Ernesto Simón Ulises Salvador

Juan Ernesto Simón Ulises Salvador estaba sentado en medio de la bocacalle sobre la tapa de la boca de tormenta cuando lo conocí.

Presentaba aspecto de haber sido maltratado por la vida y por varios más. No podía hablar claramente, solamente balbuceos y señales. Apuntaba al cielo con el dedo índice de la mano izquierda e inmediatamente hacía lo mismo  apuntando al suelo. Luego abría ambos brazos como marcando el trazado de una de las calles, la que corría de norte a sur.

Sentí la necesidad de acercarme al pobre hombre a fin de averiguar si podía brindarle ayuda en alguno de los tantos males que a simple vista lo afectaban en toda su persona.

Juan Ernesto Simón Ulises Salvador permanecía en su actitud de marioneta vertiendo señales inentendibles al viento. Si bien por momentos encontraba miradas entre sus ojos extraviados, resultaba claro que no advertía mi presencia, que estaba encerrado en un trance o drogado o borracho o definitivamente loco.

En un momento quedó paralizado y clavó sus ojos en los míos, luego, sin dejar de mirarme fija y dulcemente, volvió a señalar el cielo y el piso, abrió los brazos de norte a sur, sonrió y dijo con voz clara:

  • vida y muerte.

Ante esta manifestación tan extraña me acerqué más, entonces pude ver rastros de sangre que manchaban su frente y su cara debajo de un baño de sudor pegajoso. No se veían heridas.

Me tomó del hombro con un movimiento suave de su mano izquierda y ante mi sorpresa, me acercó de un tirón hasta que su boca estuvo casi pegada a mi oreja. Puso su mano derecha sobre el pecho y su voz, sorprendentemente suave para la situación, acarició mi oído diciendo:

  • está llegando la primavera, el calor suave hará reventar la semilla en planta, mañana tendremos flores por aquí, yo sé que es junio, vos teneme fe. ¿me ayudarías a levantarme y a caminar un poco? Si no estás demasiado ocupado me gustaría que esperemos juntos la llegada de la primavera mañana, con las primeras luces.

Caminamos juntos. Juan Ernesto Simón Ulises Salvador se apoyaba en mi brazo sosteniendo su marcha lenta y dificultosa. Lo dejé en un barsucho apenas iluminado en donde me despidió con una caricia en mi cabeza sin dejar de mirarme suavemente.

  • Mañana con las primeras luces – me dijo.
  • No te olvides.

No sé por qué regresé al lugar al día siguiente al amanecer preguntándome qué había en ese hombre, uno más de los que se ven viviendo en la calle últimamente. Anoche hizo frío, tal vez no pasó la noche el pobre, pensé.

En la intersección de las calles no había nadie y la primavera seguía de paseo por el invierno.

Me causó gracia mi estupidez de volver a este lugar por la recomendación de alguien seguramente fuera de sus cabales. Alargué mis pasos hasta el centro de la bocacalle para ver la salida del sol en el extremo de una de las arterias.

Sobre la tapa de la boca de tormentas había una rosa roja y escritas con dificultad, las iniciales de quien fuera un hombre ayer.

 

 

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