La Libertad de esa Mujer

Sé que el tema que voy a abordar va a traer cola, hasta es posible que alguien opine que este es un tema de los que no deberían tratarse en este ámbito, por esa razón es que decidí tomar algunas precauciones.

Pensé primero cómo evitar discusiones estériles, enojos, intercambios duros de palabras y todo eso que uno se imagina cuando mentalmente se sube al escenario en el cual va a montar la obra. Luego decidí que como todo eso era inevitable, debía amarrar las ideas que a continuación explicitaré a un sostén realmente fuerte, firme y sin dobleces, así que procurando evitar interpretaciones acerca del origen de lo que en un momento voy a decir, quede claro que van puestas sobre la LIBERTAD, así, con mayúsculas.

En estos días se habla, en diferentes tonos por cierto, de toda la temática que circunda lo que fue el tratamiento de la ley de despenalización del aborto.

Pocos, aunque ese es el tema, lo han tratado bajo esa consigna. La gran mayoría que he escuchado habla lisa y llanamente de la ley del aborto o toma posiciones pro o contra el aborto, llegando en ocasiones a profundizar el encono con quien no se acuerda y llamarlo lisa y llanamente abortista.

Una serie de argumentos para cada lado, mesurados, extremos, radicalizados, ignorantes, sinceros, fundados, infundados y de todo un poco han llenado las calles y la prensa en todas sus versiones.

En mi caso, pretendo hablar de la libertad de la mujer, del libre albedrío de cada ser humano y desde allí dar mi punto de vista que, adelanto, es en favor de la despenalización del aborto para la mujer, fundado en la libertad que cada uno debemos tener de pensar y llevar adelante ese pensamiento por una parte y en la libertad física que nos permita movernos, comunicarnos, hacer de nuestro cuerpo lo que entendamos mejor y en el caso de las mujeres, solamente en ese caso, parir si así lo desean.

Creo que la mujer es un ser humano y como tal un sujeto de derechos y obligaciones civiles, nunca un sujeto de imposiciones civiles en un marco que ha sido históricamente vedado para su participación, marco al cual hace muy poco tiempo ha logrado ingresar para hacer saber sus sentimientos, necesidades, incomodidades, ideas en general, conveniencias, inconveniencias, en fin, todo lo que hace cualquier persona viva y libre dentro de un marco determinado en un tiempo determinado.

Hay una parte de la sociedad argentina que está convencida que luego de una relación sexual que produce una fecundación, ese óvulo que descansa en el vientre de la mujer es vida y como tal debe ser respetada, quedando para la mujer solamente asumir que debe hacer lugar a ese hecho, sostener esa vida, darla a luz y después se verá como sigue cada historia. Esta visión, desde mi punto de vista, hace de la mujer una cosa, una máquina de fabricar hijos sujeta al juicio de quienes, como los hombres y como muchas mujeres, nada sabemos de eso.

Sobre esta idea surgen las soluciones tangenciales tales como “Hay que mejorar la educación”, “Hay que mejorar la salud pública”, “Tenelo y dalo en adopción”, consecuentemente “Hay que cambiar la ley de adopción” y así muchas excelentes ideas que llevadas a cabo mejorarían la vida de todos nosotros y en particular de cientos de niños que nadie quiso salvo la calle, los umbrales de frío durmiendo sobre diarios, el hambre agazapada en todas las esquinas, la droga, la prostitución, los abusos y violaciones, la miseria. Todo eso y mucho más cambiaría si quienes ahora sacan esos argumentos los hicieran realidad en el mismo Congreso en el que una vez más, han coartado la libertad de la mujer o al menos la de la mujer sin recursos económicos con todo lo que ello conlleva en un país en donde la mayoría de la clase política ha colaborado a la destrucción de la salud pública, de la educación y de la seguridad, en definitiva de todas la herramientas que el Estado debería tener para llevar dignidad a las personas.

Desde posiciones económicas seguras, buenos servicios médicos prepagos y automóviles con vidrios negros que desdibujen el mensaje de la calle, sobre todo en las noches, se pregona acerca de la vida como si únicamente la vida fuera vida cuando se produce la fecundación en el vientre femenino para pasar después a otro estadio en el cual ya no es necesario protegerla. Eso se llama hipocresía y nada tiene que ver con la defensa de la vida aunque mucho con el mantenimiento de una clase que puede y otra que no.

Hay personas que pueden abortar en secreto y de manera segura, para ello se han educado en colegios privados, muchas veces religiosos. Pueden elegir, equivocarse y volver a elegir bajo la libertad de una posición socioeconómica. Hay otras personas que no pueden hacerlo y, concretamente, hay otras mujeres que no pueden hacerlo. Que deben cargar con la cruz que les toca y resolver después si la dan en adopción y ver de qué manera se alimenta y educa. Todo ello porque su libertad, la de disponer de su propio cuerpo es limitada por otros bajo diferentes argumentaciones que las tornan cosas, cosas que producen cosas que están protegidas por dioses y leyes varias, tan distantes de la realidad como están cientos de niños de un plato de comida.

Yo creo en la libertad de la mujer, en su libre albedrío. Creo en esa cuestión que solamente puedo conocer a través de ella, de la mujer, porque no tengo un cuerpo y hormonas que me transmitan directamente los mensajes que un cuerpo de mujer recibe, porque todo lo que puedo opinar o juzgar sobre la mujer y su cuerpo, sus deseos, sus limitaciones, es arbitrario.

Me pregunto cuál es la diferencia entre la vida de un óvulo fecundado y guardado en el vientre de una mujer y el de uno guardado en una heladera para darle vida cuando resulte cómodo a su propietario. Me pregunto cuál es la diferencia entre un óvulo fecundado cuyo origen es una violación y uno que es fruto del amor de una pareja que quiere un hijo. ¿Qué es lo que hace que uno pueda ser eliminado y otro no?

Parecería que existen personas capaces de juzgar y diferenciar claramente estas circunstancias y saber además desde distintas concepciones cuándo es vida que vale la pena ser vivida y cuando no.

Una mujer libre que decide no continuar un embarazo porque no está preparada para ello, no importa la causa, es una delincuente. Mató una vida.

Un matrimonio que cuenta con los recursos para mantener óvulos fecundados en el refrigerador para usarlos cuando el momento fuere propicio es un caso de personas que planifica su vida.

Una mujer violada puede abortar y en ese caso no mata porque esa vida no vale la pena, o sea que no es vida para nuestro ordenamiento jurídico o es una vida de segunda o no sé qué cuestión, pero el hecho no se castiga y esa mujer es una pobre cosa que fue arrasada por un soberano hijo de mal padre cuyo pernicioso semen no debe perdurar, salvo que se case.

¿Es esto sostenible en el siglo XXI?

¿No sería mejor tener la dignidad de asumir que hemos sometido a la mujer socialmente, con la participación de hombres y mujeres, hasta no dejarla decidir siquiera qué hacer con su cuerpo? ¿No será que el temor a la libertad hace que enredemos todos los cordeles para evitarla y seguir sometiendo en nombre de cualquier cosa?

Yo creo en la libertad de la mujer, en su desarrollo pleno. Reconozco que a veces me asusto y me siento superado. Soy también producto de una cultura del sometimiento por conveniencia que procura dejar de serlo. Yo creo en el libre albedrío de la mujer para disponer de su cuerpo, de sus deseos, de sus pasiones, de sus ganas de gozar sexualmente por el placer mismo de gozar y nada más.

Yo creo que debemos atarnos a la LIBERTAD,  una de las columnas que sostiene nuestra  vida en democracia,  para poder ser y que todos y que todas las mujeres sean.

Yo creo en la libertad de esa mujer.

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