Un vals para Ada Falcón

Estaba parado frente al espejo del baño dando los últimos toques al peinado con Glostora. Pasaba el peine con mucho cuidado por cada parte de su cabeza y le daba al cabello la perfecta dirección que en cada lugar debía tener, sobre todo al que debía multiplicarse a la vista o al menos a su vista, para disimular la ausencia de otros que se fueron hasta dejar esa marca redonda de fraile franciscano, que detestaba un poco más cada vez que la veía cuando movía las alas del espejo del botiquín del baño para repasar los costados y la nuca.

Era curioso cómo se miraba a sí mismo abriendo los ojos de manera exagerada unas veces, entrecerrándolos otras como apuntando a la perfección con el peine negro Pantera 70.

Completaba el ritual del toilette con una última caricia al bigote fino y con formato Clark Gable. Recién en ese momento comenzaba a vestirse cuidadosamente hasta dejar su metro ochenta y cuatro impecable. Traje negro con finas rayas blancas, zapatos brillo espejo, camisa blanca, corbata roja, pañuelo al tono en el bolsillo superior del saco y por supuesto, esa obra de arte que había culminado minutos antes: el peinado con Glostora que recibía un último control de calidad con rápidos cabeceos en diferentes direcciones frente al espejo colgado antes de la salida de la casa.

Había ensayado más que nunca pero no vendría mal un último ajuste antes de salir a escena. Esa parte antes del final, gorjeado desde el la menor hasta el re para caer en una última frase con profunda mirada verde hacia los ojos de ella estaba tan probada que no podía fallar, era un arma letal para que su corazón se aflojara  y de una vez por toda cayera otra vez en sus brazos.

Al terminar la tomaría por la cintura estrecha para sacarla del balcón de una vez por todas y llevársela para siempre, por todos los caminos soñados en una patio de baldosas perfumadas por naranjos, rebosante de macetas y de ojos meteretes que no lo dejaban expresarse en todo el alcance de su amor.

Salió caminando erguido la calle Rocamora hacia arriba, a buscar al primer bandoneón de toda la vida, ese con el que sabía dialogar en medio de los tangos con una imperceptible caída de ojos o una mirada profunda que indicaba fuerza sobre el fuelle o alto el fuego que voy solo o lo que fuera necesario hacer. Horas de ensayo que le dicen, horas de noches y boliches, de serenatas de verano, de amistad entrañable más allá de ser cuñados. El Chueco lo esperaba en la puerta con el estuche del bandoneón a los pies y con Alarcón, guitarrero de púa y acorde generoso, a la derecha para juntarse los tres y completar el cuarteto con Cacho Sarrot, de punta en blanco en su sonrisa blanca de picardía sana y portador de violín y contrabajo en esta ocasión, un maestro de los grandes, capaz de enseñarle a Gardel en cuatro notas cómo se canta mejor Mi Noche Triste.

A pesar de todo lo dominaba la ansiedad. Ya no sabía qué más hacer para que este vals la convenciera, que abriera la ventana envuelta en su vestido blanco y lo mate otra vez con su mirada profunda y su sonrisa y se fuera con él definitivamente hasta más allá de todos los lugares.

Ella dormía acurrucada contra nada desde muchos años atrás.

Cada día era interminable en esa espera. Entre el miedo de la soledad y el inmenso vacío de esa habitación que lo añoraba junto a ella, se apretaba con fuerza contra el recuerdo de su amor  las pocas horas que dormía soñando que aquella noche él llegaría como tantas veces hacía más de cincuenta años junto a los muchachos de la orquesta y para sorpresa del barrio y de ella misma, golpearía la ventana para afinarla en serenata de vals emocionado, para vestirla de blanco y abrirla en dos hojas de una sonrisa interminable en el balcón,  para bailar de lejos en sus brazos y decir gracias y amarlo otra vez como otras tantas que se quedaron en forma de recuerdo.

Ella llevaba muchos años esperando que él regrese. No supo de otro amor que el de sus manos, de otro calor que el de su cuerpo, tampoco de otra voz que la llevara a volar como él lo hacía con un tango o con un vals cuando quería conquistarla un poco más si es que eso era  posible.

Había sido absurdo tratar de acostumbrarse a su ausencia, al silencio de la noche, al frío de esa cama tan ancha para ella a medida que los años le achicaban el cuerpo y le arrugaban la piel con la tristeza de no envejecer juntos como lo habían hablado ya no sabía cuando, después de aquella discusión por nada importante.

Ella esperaba los golpes de la serenata en la ventana que nunca llegaban y temía que no quedara mucho tiempo por delante. En la penumbra de la habitación y en el reflejo borroso del espejo del toilette, con el oído atento a todos los ruidos de la calle, se reía con él plantado en todos los recuerdos y volvía a ser joven y a escuchar aquel vals y a bailarlo entre sus brazos cuando él la sacara del balcón ciñendo con las manos enormes su cintura.

Se le borraban todos los años de soledad, de tristeza y de recuerdos cuando soñaba despierta ese momento para dormirse en la paz de una sonrisa pintada en veintitrés años enamorados del cantor vibrante, alto y perfecto en su traje negro con finas rayas blancas, su camisa blanca, su corbata roja, sus zapatos con brillo espejo y el peinado impecable con Glostora, como correspondía a un hombre elegante en aquel tiempo.

Él llegó hasta la esquina con el Chueco, Alarcón y Cacho, también ellos de impecables trajes negros y peinados imborrables. Desde las sombras de un árbol fueron eligiendo el lugar y el momento de acercarse.

Con el mayor de los cuidados y en el mayor de los silencios llegaron hasta el balcón detrás del cual ella dormía acurrucada vaya a saber en qué misterio de amor lejano de otro tiempo con ritmo de vals y perfume de patio de naranjos.

Entre miradas cómplices de travesura juvenil, armaron los atriles y sacaron los instrumentos de los estuches. Era llamativo el paño negro bordado de flores coloridas que el Chueco se colocaba sobre las piernas para apoyar sobre él el bandoneón, tanto como el interior azul del estuche del contrabajo de Cacho y el brillo de la guitarra de Alarcón.

Cuando estuvo todo listo se apostaron cada uno con su arma para sumarse a la conquista y en ese momento advirtieron que no podían repasar la afinación siquiera, que había que largar derecho y en frío cuando el cantor haga la señal convenida.

El farol que colgaba en el medio de la calle se mecía en la cadencia que el viento le indicaba, estirando las sombras hacia las paredes con su movimiento ondulado de campo de lino en flor.

Él estaba nervioso como siempre. Hacía muchos años que cada noche llegaba hasta el balcón para cantarle enamorado, para pedirle otra vez que se fueran juntos para siempre vibrando en el gorjeo del estribillo.

Apretando el corazón entre las manos que volaban con el canto, se esforzaba hasta lo inimaginable en busca de la nota que la sacara del sueño, de esa cama ancha y silenciosa, portadora de la nada y de todos los recuerdos desde hacía algo más que  muchos años, pero el balcón permanecía de gris y de silencio como siempre, la ventana cerrada dividía otra vez los tiempos como cada noche y ella no escuchaba ese vals que clamaba por un beso.

Los músicos, concentrados en lograr la perfección de las corcheas, insistían en sorprender con una variación alienada de notas que empujaran aún más la voz del cantor que se afirmaba en los zapatos brillo espejo y abría los brazos como esperando que la ventana lo imitase.

Ella dormía casi hecha un ovillo de años de esperarlo en soledad, frío y miedo a todo lo que era esa vida manchada con su ausencia; sus labios parecían practicar en un dibujo la sonrisa con la que disfrutaba con la cabeza apoyada en su hombro fuerte del vals aquél a pesar de todo, como si desde algún punto desconocido llegara imperceptible a los mortales la cadencia de una serenata que se repetía cada noche entre sus sueños.

Él cantó de una manera inigualable aquella vez. Si Canaro hubiera cantado así el vals “Yo no sé que me han hecho tus ojos”, Ada Falcón lo hubiera amado hasta en el infierno. Ella no salió al balcón, ella se quedó una vez más dormida en esa cama sola y fría, aferrada a cosas inexplicables sin la presencia de él para quererla. Algo que él no podía comprender la retenía en una vida que no era la que habían pensado y soñado juntos tantas veces.

En un primer impulso sintió rabia. El traje negro con finas rayas blancas le ajustaba en el cuerpo hinchado por el enojo. Bajó la cabeza y clavó la mirada en las baldosas de la vereda. Apoyó la mano derecha en la frente y estuvo así un rato de silencio hasta que Cacho le acercó calor, lo abrazó y empezaron a caminar.

  • Mañana volvemos Negro, ya te va a escuchar. El vals te sale cada vez mejor, es una serenata de órdago la que venís dando hace que se yo cuántos años, ya va a venir, entendela un poco también, a pesar de los años sigue cuidando hijos y cuando decida partir quiere hacerlo tranquila.
  • No sabés lo que es estar sin ella hermano…no puedo creer que no me escuche.

Ella se despertó a las seis y media de la mañana como todos los días. Caminó el largo recorrido hasta la cocina mirando por el ventanal la nada del patio que alguna vez tuviera naranjos y baldosas. Puso a calentar agua y pan a tostar. Sentía un zumbido en los oídos y algo que le molestaba en la cabeza. Encendió la radio que la recibió con una melodía de vals interpretado por la orquesta de Francisco Canaro. Pensó en Ada Falcón enamorada de ese hombre que la llenó de palabras dulces y de melodías cadenciosas. Se quedó perdida en la lejanía de la nada buscando una explicación a su viudez, como todo los días desde que él se fue. Se quedó en el recuerdo de una serenata de vals una noche de vestido blanco y sonrisa ancha entre sus brazos.

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