De viajes con Roberto

 

Hace muchos años me adentré en esta gimnasia de los viajes. Descubrí un día que los viajes son una forma de aprender a partir de la experiencia. Los viajes dejan un conocimiento real de las cosas y de las vivencias, no tienen pasos teóricos. Un buen día, con lo que tenemos a mano, nos lanzamos a caminar nuevos senderos, muchas veces sin saber por qué, sin saber siquiera a donde vamos con este viaje.

Lo cierto es que hay algo en común en todos los viajes, nadie retorna igual al día de la partida.

Hace un par de días te despedí una vez más en las escaleras de Ezeiza hermano querido. Una vez más, como ocurre desde hace 26 años, llegó un momento en que el café se terminó, cumplimos el rito de intercambiar libros comprados en esas librerías caras que tiene los aeropuertos y después nos abrazamos al pie de la escalera que lleva al salón de embarque.

Una vez más sentí el ahogo de la angustia en la garganta y no quise mirar más tus pasos cansinos colgando de la mochila camino a la Galilea. Me fui como siempre, sonriendo pero lleno de lágrimas que deforman el camino y otra vez preguntando por qué la vida nos puso tanto esfuerzo en esto de ser juntos, por qué tanta despedida en tantos años, por qué tanta canción a la distancia mientras se acerca otra vez el abrazo del reencuentro hasta la próxima ausencia.

Así nos tocó jugar esta partida y todo indica que así seguirá la mano. Quien sea que reparte los naipes decidió que todo iba a ser con trabajo y nos envolvió en viajes para crecer  en la búsqueda de luz o de pequeñas luces que de vez en cuando nos dan las chispas de los sueños.

Cuando todavía no sabíamos que lo nuestro sería este oficio de llegar y partir en medio de los encuentros,  aquella tarde en la casa de tus padres fui iniciado bajo la luz de una guitarra de tapa oscura y sonido juvenil, enorme para mis cinco años de pantalón corto y zapatillas Flecha color azul, enorme para mis dedos chicos y entumecidos, enorme para sacarle música sin conocer nada  del pentagrama.

Aquella guitarra que el tiempo perdió en la pensión de tu bohemia, es  luz que hasta hoy sigue guiando mis pasos cuando abrazo  la madera caliente de una canción interminable, que transita también todos los viajes sin otro destino que ser eso, viaje, de tierra greda y monte verde, de agua dulce o mar rugiente, con los fuegos de todos los encuentros, empujada por los vientos de una rosa blanca  y portando la monedas que requerirá el barquero.

Viajes.

De cada vuelta por los puntos cardinales, mi mochila se fue llenando de herramientas, de alimento, de todo eso que llaman experiencia o crecimiento, de gran utilidad  según dicen los sabios del Oriente.

 Así, buscando y buscando, en la casa de  los sueños te paraste frente a mí con tu vozarrón saliendo del fondo de las entrañas, diciendo quien eras, que venías de la Galilea y que  no tenías por qué creer en dioses si por ellos moría tanta gente.

Allí supe que la vida, me daba la oportunidad de empardar  aquella carta con la imagen de una guitarra de tapa oscura y darte todo lo que tenía en un infinito de símbolos  ocultos entre las piedras de las paredes de aquella casa, en donde alguna vez una mujer llamada Celia vibró con su música de arpas.

Así es que los viajes nos hicieron fuertes  mientras el tiempo hacía su trabajo, reflejado en las canas que salieron como avisando que cambiamos.

Hemos viajado mucho compañero, en el templo interior y en el de afuera. La enorme bóveda celeste tiene tantos soles y tormentas como mosaicos blancos y negros tiene el piso. Está bueno esto del viaje;  aunque siga siendo amargo despedirse simulando por afuera y sabiendo por adentro cuanto duele la vieja herida de cada abrazo al pie de la escalera.

En la próxima llegada estaremos donde siempre, vestidos de guitarras con viejas canciones en sus vientres. Tal vez sea en un altar iluminado  como quisieron alguna vez aquellos viejos o siendo, solamente siendo estos dos que sin tiempo van sabiendo que los espacios no son lo trascendente, que las canas no importan si los sueños siguen vivos, que en la próxima estación estará el placer de encontrarnos nuevamente.

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